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sábado, 14 de enero de 2012

Médicos de EEUU usaron a los negros como cobayas hasta los años 70


 
ESCANDALO / Un libro denuncia que los utilizaron en experimentos sobre la sífilis y la malaria / También les inyectaron un producto letal para estudiar si eran más violentos
WASHINGTON.- «Estimado señor: Hace cierto tiempo, usted recibió una cuidadosa exploración médica que esperamos que le haya servido para obtener un buen tratamiento para la sangre mala. Ahora, usted va a recibir una última oportunidad para recibir una nueva revisión. Esta revisión va a ser muy importante y, tras ella, usted recibirá un tratamiento especial si se considera que está en condiciones de resistirlo».
Hace tres décadas, los habitantes de Tuskegee, en Alabama, recibían periódicamente cartas como esta, con el sello del Servicio Público de Salud del Gobierno federal, el equivalente de la Administración central en Estados Unidos. Y ése era un ofrecimiento que nadie en su sano juicio podía rechazar. En Tuskegee -un pueblo formado casi exclusivamente por negros- no había apenas asistencia médica. El analfabetismo estaba generalizado. La única actividad económica era el trabajo en la agricultura en calidad de jornaleros. Las enfermedades asolaban la región. En especial, la sangre mala, el nombre local de la sífilis. ¿Quién podía negarse a un tratamiento gratis?
Nadie. Claro que aquellas cartas no ofrecían un tratamiento gratis. En realidad, formaban parte de un plan para convertir a los voluntarios en animales de laboratorio. Entre 1932 y 1972, un total de 399 afroamericanos con sífilis de Tuskegee se apuntaron para esos tratamientos. Pero nunca recibieron terapia alguna, porque el objetivo del cruel experimento era estudiar el desarrollo de la enfermedad en su organismo.
Dinero por salud
A veces, los médicos y enfermeras -varios de ellos también negros- sólo les dieron aspirinas. Y también una comida al día, transporte hasta la clínica y 1.000 dólares de la época (entre 4.500 y 10.000 euros) para el funeral. Una cifra exorbitante, que permitía suntuosos sepelios. Muchos los necesitaron.
De las 399 cobayas humanas, 128 murieron directamente de sífilis o de enfermedades asociadas a ella. Además, 40 mujeres fueron infectadas, y 19 niños nacieron con sífilis. El experimento sólo terminó cuando en 1972 el diario The Washington Star destapó el escándalo. Aunque el Servicio de Salud Pública llegó a decir que los sujetos de los experimentos «parecían contentos de ver a sus doctores».
El experimento de Tuskegee ocupa un lugar destacado en la cultura de EEUU. El músico Frank Zappa se basó en él para su musical Thing-Fish. El éxito teatral Miss Ever’s Boys, luego llevado a la televisión, dramatiza esos acontecimientos. Y en 1997 Bill Clinton invitó a la Casa Blanca a varios de los supervivientes y se disculpó públicamente ante ellos en nombre del Gobierno.
Pero no fue un caso aislado. La periodista Harriet A. Washington acaba de sistematizar esas violaciones de la ética médica y los derechos humanos en un monumental libro, titulado Medical Apartheid, en el que explora las relaciones entre los médicos blancos y sus pacientes -transformadas en cobayas- de color. Un problema que no ha desaparecido porque, como sostiene la autora, ahora esos experimentos también se llevan a cabo en países del Tercer Mundo.
En su análisis de la crueldad disfrazada de ciencia con los afroamericanos, Washington no deja títere con cabeza. Se atreve a atacar a uno de los padres fundadores de la democracia estadounidense, Thomas Jefferson, que goza de un estatus de mito nacional, que, como parte de su espíritu ilustrado, ensayó vacunas contra la viruela en cientos de sus esclavos.
Eso pasó en el siglo XVIII. Pero Washington desentierra casos mucho más recientes. Como el de los jóvenes de Nueva York a los que, hace una década, la prestigiosa Universidad de Columbia les dio Fenfluramina -un producto que puede ser mortal- en un experimento para detectar si los negros tienen una propensión genética a la violencia. O el de los trabajadores agrícolas de Florida, que en los años 60 fueron regados con enjambres de mosquitos portadores del parásito de la malaria. O el de los niños a quienes un médico de Mississippi dejó paralíticos en los años 70 después de operar su cerebro para que dejaran de ser hiperactivos. O el de los presos de la cárcel de Holmesburg, en quienes un dermatólogo de la Universidad de Pensilvania probó medicamentos que dañaron de forma irreversible su piel. Todos eran negros. Todos ellos, al igual que los habitantes de Tuskegee, forman parte de la historia secreta de los negros como cobayas humanas.
El problema de salud del afroamericano
Probablemente ningún país haya ido tan lejos como EEUU en su autoexamen -casi, obsesión nacional- de las relaciones raciales. Porque ningún país tiene un credo nacional en el que se basa su propia existencia fundamentado casi en exclusiva en la igualdad de todas las personas con independencia de su origen, algo que no casa con las tensiones raciales que siguen plagando la sociedad estadounidense. Y ése es el análisis de Washington, para quien la ciencia corre el peligro de convertirse en ocasiones en una excelente coartada intelectual con la que ocultar comportamientos racistas o xenófobos.
Otros van más lejos. El controvertido economista de la Universidad de Nueva York William Easterly sostiene que incluso gran parte de la ayuda al desarrollo de Occidente refleja este punto de vista racista basado en que, en el fondo, los pobres no pueden ayudarse a sí mismos.
Tal vez el mejor ejemplo sea la famosa ponencia ‘El problema sanitario del negro en las ciudades del sur’, presentada por el médico William F. Brunner en la asamblea de la Asociación Nacional de Salud Americana en 1912. En ella, Brunner partía del hecho de que la tasa de mortalidad de los negros era más del doble que la de los blancos, y que las condiciones de vida en las áreas pobladas mayoritariamente por esta raza eran muy inferiores a las de población mixta. Por tanto, y dado que «el negro depende del blanco en todo lo relativo a la civilización», Brunner defendía un masivo programa de ayudas sociales para que los afroamericanos mejoraran sus condiciones de vida. Una tesis que incluía un notable paternalismo racista, y que fue utilizada por otros para prácticas como la llamada ‘operación de apendicitis’ de Misisipí, que consistió en ligar las trompas de Falopio de las negras cuando daban a luz para evitar «su multiplicación excesiva».
El Mundo   PABLO PARDO.

Cuando EEUU intentó eliminar la genética de los pobres



Elaine Riddick es madre de un único hijo y, dentro de poco propietaria de 50.000 dólares. Los dos hechos están íntimamente relacionados. Tuvo a su hijo hace 43 años después de haber sido violada cuando tenía 14. Y el dinero se lo ha prometido su Estado, Carolina del Norte, porque poco después de aquella violación, fue obligada a ser esterilizada.
Elaine, de 57 años, es negra y viene de una familia humilde, lo que la convertía en la candidata ideal para uno de los capítulos más oscuros y menos conocidos de la historia de Estados Unidos: el programa de esterilización de personas de "genética indeseable".
A unas 60.000 personas de unos 30 estados se les practicó, de forma más o menos involuntaria, una vasectomía o una ligadura de trompas: minorías, adolescentes de familias numerosas y con pocos recursos, niños con el coeficiente intelectual bajo, personas con problemas mentales o emoci0nales. Gente que, para el estado de Carolina del Norte, no estaba capacitada para criar hijos o perpetuar sus genes.
Fue un programa que se puso de moda en Estados Unidos en la década de 1930, pero que se detuvo más o menos con el fin de la Segunda Guerra Mundial, porque se parecía demasiado a lo que los Nazis llamaban pureza racial. En todos los Estados menos en Carolina del Norte, donde el 70% de las esterilizaciones ocurrió entre la década de 1950 y 1977, cuando se abandonó el proyecto. La idea, se supone, era que al cabo de un par de generaciones la genética superviviente a esta criba supondría un gasto menor en hospitales, reduciría la pobreza y haría de los americanos una raza superior.
Otras de las víctimas que sigue con vida, Lela Dunston (AP Photo/Karen Tam)
Otras de las víctimas que sigue con vida, Lela Dunston (AP Photo/Karen Tam)
Ahora sólo queda saber cómo compensar a esas víctimas. Y eso ha abierto un debate extremadamente complejo en el Gobierno Local. Como explica Charmaine Fuller Cooper, directora ejecutiva de la Fundación por las Víctimas de la Esterilización de Carolina del Norte: "¿Cómo se mide el valor de un bebé para alguna gente? Hay que tener en cuenta además que a estas personas se les privó de su capacidad de decisión". El debate lleva años resonando: ¿Cuánto dinero vale la posibilidad de dar vida?¿Hay que pagar lo mismo por una vasectomía que por una ligadura de trompas? ¿Se compensa en función de la operación? ¿De los niños que jamás nacerán? ¿Por el dolor de no poder tenerlos?
Esta semana se ha decidido que cada víctima de este programa deberá recibir unos 50.000 dólares. Quizá no es mucho si se contempla el daño causado, pero es más que los 20.000 que se ha propuesto.
"No estamos intentando asignarle una cifra a la vida de nadie. Estamos buscando una forma de compensar que pueda ayudar a los supervivientes", ha explicado Laura Gerald, de la comisión que ha elegido esta cifra (en total, son unos 100 millones de las arcas públicas). "Queremos mandar el mensaje de que aquí pagamos por nuestros errores y no toleramos que la burocracia merme los derechos humanos más básicos. El Estado lleva diez años pensando en pagar a las víctimas, pero le ha faltado la voluntad política para hacer algo más que pedir perdón".
Delores Marks es hija de una de las víctimas fallecidas, Margaret Helen Cheek (AP Photo/Jim R. Bounds)
Delores Marks es hija de una de las víctimas fallecidas, Margaret Helen Cheek (AP Photo/Jim …
Mientras, las víctimas ven el gesto como un detalle a agradecer, pero el dinero no es lo que les interesa. "Sólo quiero que todo esto termine", ha confesado Elaine Riddick. "No cambia nada. Sólo quiero olvidarme del asunto". Elaine ha sido de las mujeres más visibles en las reuniones de la Fundación para conseguir una compensación oficial.
Hay otros que no tanto. Está Charles Holt, de 62 años, un adolescente problemático hace cinco décadas. Según apuntó algún funcionario en un informe "su familia tiene una mentalidad muy baja". Fue llevado a un reformatorio y, antes de salir en 1968, un grupo de funcionarios convenció a su madre de que debería permitir que le hicieran una vasectomía. Según se lee en el informe "hemos hecho énfasis en que así se protegería a Charles en caso de que fuera acusado de haber tenido un hijo ilegítimo". La madre accedió.
Fuente: Daily Mail

domingo, 8 de enero de 2012

España, la impunidad de la Extrema Derecha

Algo huele muy podrido en España si todas, absolutamente todas las agresiones, palizas, violaciones, asesinatos, etc de las bandas terroristas de la extrema derecha o no se juzgan o por extrañas razones sus culpables salen en libertad a las pocas horas de ser detenidos, si es que llegan a ser detenidos.

Algo huele muy podrido en España cuando la mayor parte de los miembros de las organizaciones terroristas de extrema derecha son o miembros de las Fuerzas Armadas o de la Policía Nacional o de la Guardia Civil.

Algo huele muy podrido en España cuando desde el Poder Judicial, nombrado a dedo por los propios diputados del Estado “democrático”, se ignora sistemáticamente todas las denuncias llegando, cuando no les queda más remedio, a tratarlas como meras peleas de bandas.

Algo huele muy podrido en España cuando los grandes equipos de fútbol, empresas que facturan millones de Euros mensuales, ceden sus infraestructuras a bandas terroristas de extrema derecha sin que nadie lo investigue por asociación ilícita o colaboración con banda armada.

Algo huele muy podrido en España cuando, una vez que se demuestra la existencia de terroristas de extrema derecha en las fuerzas del “orden” no se les inhabilita a perpetuidad de sus funciones.

Algo huele muy podrido en España cuando este es el único país de Europa donde la svástica nazi y otros símbolos fascistas no están ni han estado nunca prohibidos.

No hace ninguna falta ser un genio para ir atando cabos y darse cuenta de lo unidas que están todas estas organizaciones con el poder de nuestra gran “democracia”.

A continuación un documental en el que nos muestran tan solo la punta del iceberg del régimen de terror en el que vive la España democrática y que aún se esfuerzan algunos en esconder: